Galileo descubrió los satélites de Júpiter gracias al telescopio y fue uno de los iniciadores en aproximar el movimiento de los planetas celestes a los estudios de mecánica de los cuerpos terrestres, los cuales le llevaron a muchas investigaciones. Sin embargo su visión estaba limitada por la física aristotélica. Pero no importa; aquello fue suficiente para producir el primer gran cisma en el Cristianismo; la existencia de estos satélites corroboraba el hecho de que no todos los cuerpos celestes giraban en torno al centro del universo, o sea, La Tierra, como bien creían desde la antigüedad Aristóteles y Ptolomeo. Por lo tanto se deduce que La Tierra no tendría que ser el centro del mundo necesariamente.
Bertolt Brech en su obra tiene en cuenta estos pormenores, pero le interesa la dimensión filosófica y político-social de la historia más que la científica. Pero es lógico, ya que el propio Galileo vivió en una época en la que no estaban muy definidas las diferencias entre ciencia y pensamiento. Estamos pues ante una alegoría que nos habla de la importancia de la razón humana, que el conocimiento es el mayor tesoro que tiene la humanidad por encima de dogmatismos y opresiones. La mayor parte de las escenas transcurre en interiores, divididas en secuencias con unidad espaciotemporal, es de hecho la película más teatral de Joseph Losey. La interpretación de Topol es apasionada y sospecho que más extrovertida que la personalidad del autentico Galileo.
Con ello Bertolt Brecht y Losey quieren mostrarnos la grandeza interior del personaje y de los acontecimientos que le toco vivir. Hay un contraste pues entre Galileo, un hombre del Renacimiento, y su entorno, especialmente la Iglesia Católica, aun embebida por la larga sombra de la Edad Media. La época que muestra este film no tuvo un parto fácil, especialmente para los intelectuales. Giordano Bruno fue quemado en la hoguera y si Galileo se libro de ella fue gracias a la contundencia de sus pruebas científicas; más que pruebas cabría de hablar de certezas, ante las cuales la Iglesia solo podía comportarse con un hipócrita desdén. Galileo no lo hacia por egoísmo, sino por amor a la Humanidad, lo que lo llevo a frecuentes discusiones dentro de su entorno personal; discusiones elocuentes por parte de los demás, pero falsas a fin de cuentas. Hay por tanto en la película cierto regusto fatalista, como ya pasaba en "El Sirviente"(1963), uno de los títulos de Losey más celebrados.

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