Esta claro que para los personajes de esta serie importan más los enredos palaciegos que la política exterior, esta última una consecuencia de aquella. Ya la secuencia de apertura es una metáfora sobre estas intrigas, en la que vemos a la futura reina perdida en un jardín laberíntico versallesco en su búsqueda de la verdad. No debemos perder de vista que María Antonieta llego a la corte francesa con catorce años, de ahí su inexperiencia en ciertos asuntos mundanos, como tratar con Madame Du Barry o la inexperiencia sexual de su marido. Las relaciones personales para la archiduquesa están marcadas por un toque de ingenuidad. Especialmente sobrecogedor el primer plano de ella muy nerviosa antes de salir al palco a saludar al gentío por primera vez, plano que vaticina la tragedia que vivirá en sus últimos días.
Quizá la principal objeción a esta serie es que haya sido rodada en inglés, algo por otro lado lógico ya que su principal guionista y alma mater es inglesa. Además la historia se estira demasiado en el tiempo, lo que provoca que haya algún que otro capítulo desigual. Es un acierto, como no podía ser de otro modo, que la trama se centre en unos pocos personajes, dada la innumerable cantidad de cortesanos que frecuentaban Versalles. Y es que el noble francés, a diferencia del ingles, prefería la vida en la corte palaciega que retirarse lejos al campo. Por otro lado aunque el estilo de vida palatino y rococó parecía ser una especie de paraíso en la Tierra en realidad las cosas no eran tan sencillas; simbiótica era la relación entre Antonieta y Madame du Barry cuando esta le dice que en el fondo ambas son dos supervivientes. Estamos por tanto ante una serie más intimista que histórica. Eso si, para Antonieta la nación más importante era Francia, más que su Austria natal, aunque lo sentía de una forma casi inconsciente; este es el motivo de fondo por el que no contesta a las cartas de su madre.
Es de agradecer esa mezcla entre lo moderno y lo clásico que destila esteticamente esta serie, sobre todo en la puesta en escena, el vestuario y la música. También las dosis de erotismo, que por supuesto no podían faltar en una ficción ambientada en esa época. Llama la atención lo poco que pinta la religión en la corte, lo que indica que estamos ante una María Antonieta secularizada e ilustrada; incluso se permite hacer algún comentario irónico al respecto. Todo esto aderezado con un toque de melancolía, como la ligera y fría brisa que sopla en los jardines de Versalles.
Es de agradecer esa mezcla entre lo moderno y lo clásico que destila esteticamente esta serie, sobre todo en la puesta en escena, el vestuario y la música. También las dosis de erotismo, que por supuesto no podían faltar en una ficción ambientada en esa época. Llama la atención lo poco que pinta la religión en la corte, lo que indica que estamos ante una María Antonieta secularizada e ilustrada; incluso se permite hacer algún comentario irónico al respecto. Todo esto aderezado con un toque de melancolía, como la ligera y fría brisa que sopla en los jardines de Versalles.



























